Posteado por: marielisfuentes | julio 4, 2012

Una historia de bellezas y peligros

Hércules y Afrodita, ¿los dioses rotos?

En la búsqueda de los patrones de belleza impuestos por la industria cultural y los medios hegemónicos, no pocos adolescentes y jóvenes se olvidan de los riesgos que implica para su salud el empleo de sustancias inyectables.

«Son solo diez CUC o tal vez un poco más, pero eso sí, tendrás los muslos y el trasero que quieras… Mira, como hice yo», así incitaba aquella muchacha, rubia y delgada, a su amiga, mostrándole cuánto volumen había ganado mientras hacían cola para tomarse un helado en Coppelia.

—¿Tú estás segura de que no me pasará nada malo?, le preguntó, temerosa, su amiga. Y la confianza se reflejó en el rostro de la primera pues, una vez más, se miró a sí misma.

—¿Qué de malo puede tener un aceite que es hasta comestible? Si los hombres lo usan, ¿por qué nosotras no?

Convencida por fin, la que dudaba le preguntó a su amiga los teléfonos y la dirección del muchacho que se dedicaba a inyectar —«bajo palabra de no decírselo a nadie»— y acordaron, de todos modos, ir juntas para sentirse mejor.

Atónitos estábamos nosotros en la cola, detrás de ellas, escuchando sin saber a ciencia cierta de qué hablaban. Ante la «indiscreta» interrogante, y en medio de sonrisas, la joven nos espetó:

«Vaya, ustedes sí que están atrasados. ¿No saben que pueden tener más cuerpo y más músculos si se inyectan aceite de maní o de cualquier otra cosa? Los varones para sus ejercicios y nosotras, para más belleza. ¡Pónganse al día, que esto es lo último!», quiso convencernos, justo cuando nos preguntábamos hasta dónde pueden llegar los deseos de ser «mejores», «diferentes», sin pensar en las consecuencias para la salud.

El empleo de sustancias inyectables, sobre todo en adolescentes y jóvenes, ha estado asociado, generalmente, al logro de una imagen física más voluminosa y fuerte, comparable con los patrones de referencia individuales impuestos por los medios trasnacionales de comunicación masiva y otros componentes de la industria cultural. En los últimos tiempos, no solo verse fuertes ha sido la motivación para esta práctica, sino también el deseo de mostrar mayor volumen en ciertas partes del cuerpo, consideradas sensuales o eróticas, sin tener en cuenta los riesgos para la salud.

¿Pociones mágicas?

En el fisiculturismo, actividad encaminada al logro de un desarrollo muscular completo y equilibrado que sea expresión de fuerza y proporción corporal, se han utilizado desde la silicona y la testosterona hasta los aceites para mostrar una musculatura envidiable, cercana a la «perfección», según explica el doctor Ernesto Fleites, especialista en Ortopedia y Traumatología.

Uno de nuestros entrevistados, Manuel, creyó, por ejemplo, necesario inyectarse testosterona cuando, luego de un par de años haciendo ejercicios, sintió que su cuerpo llegó al tope.

«Sé que los efectos adversos se manifiestan con el tiempo y no al momento, pero es un riesgo que estoy dispuesto a correr. No creo que me pase nada si actúo con cautela. Soy enfermero y más o menos sé lo que hago», afirmó.

Además de la testosterona, que al ser inyectada produce un desequilibrio hormonal en el organismo, otra de las sustancias utilizadas con frecuencia en los últimos tiempos —agrega el especialista— es el Synthol, del que se conoce que es usado fundamentalmente por los deportistas para que su piel luzca más brillosa.

«Más allá de ese uso inofensivo, en los años 90 un médico alemán descubrió que si se inyectaban pequeñas cantidades de Shyntol dentro del músculo se podían corregir desproporciones existentes en él, sin que tuviera una relación con el aumento real de la masa muscular.

«El cuerpo solo deshace el 30 por ciento de esta sustancia, y el resto permanece en él por un período largo de tiempo, por lo que los riesgos de parálisis, quistes, entre otros, no deben ser ignorados, sobre todo si alguna incorrecta manipulación en el momento de la inyección provoca que la sustancia entre en el torrente sanguíneo», detalló el doctor Fleites.

Con toda seguridad, es por ello que Ricardo, quien acompaña a Manuel al gimnasio, asegura que él no se inyectaría «ni muerto» ninguna de esas sustancias.

«Mi figura es natural y ya he visto demasiado como para “tirarme con la guagua andando”. Un socio mío se inyectó aceite de maní y casi hay que amputarle el brazo. La gente que hace eso está loca. Al final estás tirándole al cuerpo algo que no lleva y así siempre habrá complicaciones», dijo Ricardo.

Precisamente, otras sustancias de uso reciente en nuestro país, según añadió el galeno, han sido muestras de los aceites de girasol, soya, oliva y maní, sometidas a procesos químicos que intentan obtener bajas cargas de proteína para evitar reacciones inmunológicas del organismo y reducir otros contaminantes asociados.

Sin embargo, insiste Fleites, ninguna de esas sustancias tiene en sí propiedades «mágicas». Quienes se las inyectan perciben un aumento del volumen de su músculo producido por la capacidad volumétrica que se administraron, es decir, la ocupación de un espacio, como sucede con la silicona, por ejemplo. Ellas realmente no garantizan un mejor tono muscular ni hipertrofia del órgano.

«Se espera que estas sustancias sean absorbidas por el organismo, por eso los muchachos acceden a administrárselas, convencidos de que nada puede sucederles. También lo hacen algunas muchachas para “dotar mejor” su cuerpo. Ese carácter temporal, en realidad, ofrece una falsa sensación de seguridad, pues muchos factores inciden en la evolución del organismo con respecto a ellas», añade el especialista.

El artificio del uso de estas sustancias, enfatiza Fleites, tiene sus peligros principalmente en la vía de administración empleada, no siempre la adecuada, y las normas higiénicas que deben respetarse.

«En muchas ocasiones los muchachos no saben si deben administrarse la sustancia por vía intramuscular o subcutánea, y quien lo hace puede que sea un “improvisado” y tampoco tenga en cuenta la higiene elemental del instrumental y los materiales empleados para una inyección, que sabemos puede llevarnos al contagio de enfermedades como el VIH/sida.

«Además de las complicaciones que pueden generarse a partir de la propia sustancia en sí y del rechazo local del organismo hacia ella, puede darse entonces el caso de una infección, como ha sucedido en pacientes que he atendido», acotó.

Por lucir mejor…

El proceder elemental desde el punto de vista quirúrgico, para intervenir e intentar salvar el músculo afectado, explica el doctor Fleites, es el drenaje y lavado de la cavidad que ha creado el volumen de la sustancia administrada, tantas veces como sea necesario, en dependencia de la magnitud del daño. Desde el punto de vista estético, queda una cicatriz como huella de la intervención, pero es el procedimiento menos complejo.

«Los problemas surgen cuando observamos que está comprometida la circulación de las estructuras adyacentes a la zona inyectada, o que se ha provocado daños al músculo, es decir, la necrosis de alguna de sus partes.

«En esos casos, es necesario extirpar todo lo dañado, o sea, todo lo que manifieste un cambio de coloración, falta de vitalidad y respuesta a estímulos eléctricos, para evitar reacciones inmunológicas del organismo e infecciones. Lo lamentable es que, a veces, esto incluye nervios, fibras musculares, entre otros elementos», explicó Fleites.

En el cuádriceps, músculo extenso de las extremidades inferiores que nos permite andar, sentarnos y correr, tal vez no se proceda nunca a su extracción completa, aclara el doctor, pero igualmente su función estará comprometida. El mayor peligro en los glúteos y en los muslos, por ejemplo, es el de un absceso, es decir, una infección y una celulitis, que es esa infección no localizada.

«En el caso del bíceps, uno de los músculos más sometidos a este tipo de artificio, las implicaciones son importantes pues la pérdida de algunas de sus fibras o su extirpación total incidirá en las funciones vitales que debe realizar, las que, aunque pueden mantenerse gracias a la acción de otros músculos “de apoyo”, tendrían una debilidad marcada.

Bien lo sabe Leandro, un joven que siempre consideró el cultivo de su físico como algo de primer orden y que, por tanto, nunca pensó que la suerte le daría la espalda, o mejor dicho, su desafortunada decisión de intentar «subir» de otra manera.

Hoy Leandro relata el suceso con la mirada perdida. Tratando de encontrar el porqué entre preguntas inacabables, respuestas medio vacías y su brazo dañado, muestra parte del músculo intervenido y salvado por la cirugía. «Traté de imitar a varios de mis amigos. Ellos rondaban las 19 pulgadas de bíceps gracias al aceite de maní. Me dijeron que como es un producto natural no le hacía daño al cuerpo, y ya ves lo que me pasó. Todavía hago ejercicios, pero ya no es igual. Ahora hay “hierros” que no puedo tocar porque ya el brazo no me responde de la misma forma».

Además, cuenta, ahora siente que lo miran diferente, porque se nota el daño y la diferencia entre un brazo y otro, aunque el médico le dijo que pudo haber sido peor, que tuvo suerte.

Resulta alarmante, además, para el doctor Fleites que la mayoría de los pacientes que llegan a las consultas, ante las señales de dolor, inflamación y molestia local e incluso, fiebre, mienten.

«No reconocen que se inyectaron ninguna de estas sustancias —aunque tras los estudios y pruebas que realizamos no pueden negarlo—, porque sería reconocer una práctica deshonesta, podemos decir, en cuanto a los logros físicos del ejercicio.

«Además, a pesar de que no existen implicaciones legales por el uso de estas sustancias, temen comentarlo porque se sabe que su procedencia puede ser importada, como es el caso de la mayoría de las sustancias que hemos visto, o extraídas de instalaciones hospitalarias y comercializadas en el mercado ilegal», enfatizó Fleites.

Es triste, reconoce, que por lucir mejor: más fuertes los hombres, y las mujeres más atractivas, se recurra a métodos falsos y tan peligrosos. Esta práctica desvirtúa los beneficios del ejercicio físico, que está destinado a mejorar la salud del ser humano y, también, a dotarnos de una mejor estética, y nos pone al borde de un abismo.

Fuente: Juventud Rebelde.

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